Vivimos en un tiempo donde la información nos inunda por todos lados, pero, paradójicamente, cada vez nos sentimos más perdidos. Opiniones, métodos, fórmulas, promesas de éxito… todo nos rodea, y sin embargo seguimos preguntándonos lo mismo de siempre: ¿cómo vivir con sentido? La respuesta no está en la cantidad de libros que leemos, cursos que tomamos o técnicas que aplicamos, sino en algo mucho más antiguo y sencillo: el sentido común. Volver a él no es retroceder; es recordar que ya tenemos dentro de nosotros las herramientas para orientarnos.
El sentido común no es la opinión de la mayoría, ni un consejo trivial. Es la capacidad natural de distinguir lo que nos hace bien de lo que nos hace daño, la brújula silenciosa que nos guía incluso cuando no somos conscientes de ella. Es una forma de sabiduría cotidiana, una filosofía que se encarna en nuestras acciones y decisiones diarias. Y, sin embargo, en nuestra cultura contemporánea, que valora lo complejo y lo espectacular, lo obvio se ha vuelto sospechoso. Hemos aprendido a desconfiar de la claridad, a confundir lo urgente con lo importante y a reemplazar lo necesario con lo accesorio. Recuperar el rumbo requiere, entonces, un acto de humildad: reconocer que lo esencial no está perdido, solo escondido bajo capas de ruido.
Desde la psicología sabemos que gran parte de nuestro malestar surge de una desconexión profunda entre lo que somos y lo que hacemos. La vida moderna nos empuja hacia afuera, hacia expectativas que no elegimos, logros que no nos llenan y roles que no nos pertenecen. Ese desajuste genera disonancia interna: queremos algo, pero hacemos otra cosa, y con el tiempo esa tensión se transforma en ansiedad, apatía o vacío. El sentido común interviene aquí como un corrector silencioso, recordándonos que la paz interior solo es posible cuando nuestras acciones están alineadas con lo que valoramos de verdad.
Encontrar sentido no significa descubrir un secreto oculto; significa construirlo a partir de nuestras propias decisiones. No se trata de teorías abstractas ni de fórmulas complicadas, sino de detenernos a observar, a escuchar lo que realmente nos importa y a actuar en coherencia con eso. La atención plena nos permite percibir lo esencial en medio del ruido y la velocidad, mientras que la reflexión sobre nuestros valores nos da un marco estable para orientar nuestra vida. Ordenar el mundo interno —reconocer y gestionar emociones, comprender impulsos, establecer límites— es condición necesaria para que cualquier proyecto externo tenga solidez.
Pero el sentido no se consolida en la contemplación; necesita acción. La coherencia se construye paso a paso, incluso cuando la motivación flaquea, cuando el miedo o la pereza amenazan con paralizarnos. Avanzar, corregir, recalcular y volver a intentarlo es parte de la experiencia humana, y en ello reside la verdadera sabiduría del sentido común: nada cambia sin movimiento, y nada se sostiene sin consistencia.
Al final, vivir con sentido no es una proeza ni un misterio. Es regresar a lo esencial, a aquello que sabemos que importa, a nuestra propia brújula interna. Es permitirnos vivir en armonía con nuestros valores, actuar con coherencia y construir día a día un camino que nos pertenezca. Lo que nos conecta con nosotros mismos y con los demás no es lo complejo ni lo espectacular, sino lo claro, lo sencillo y lo auténtico. El sentido común no es un recurso menor; es la brújula que siempre estuvo allí, esperando que recordemos cómo orientarnos y, finalmente, regresar a nosotros mismos.



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